Visita del Papa Francisco a Colombia

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La Gaceta di Pio
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Tantos meses de disposición y espera para la visita del Papa Francisco no fueron suficientes para alcanzarnos a imaginar la inmensa alegría que vivimos durante la jornada del día 07 de septiembre. No obstante, alegría no es una palabra que pueda abarcar o contener toda la dicha espiritual que sentimos. El día, para muchos de nosotros, comenzó mucho antes de las 5 de la mañana con un largo peregrinaje hasta el parque Simón Bolívar. Peregrinaje no solo envuelto de expectativas, sino de un gozo inmenso que se hacía evidente al observar, como hace 31 años no se veía, ríos y ríos de gente emocionada por el encuentro con el Papa. 1, 3 millones de personas se desplazaron al parque y, a pesar de tanta multitud, ello no impidió que durante el camino nos encontráramos con hermanos servidores que nos saludaban y nos acompañaban durante ciertos tramos del camino hasta que cada uno ingresara por la puerta que le correspondía.

Con el estandarte de la comunidad, de la mano de Padre Pío, ingresamos al lugar. El trayecto hacia nuestro punto de estar fue formidable. Los jóvenes voluntarios gritaban y cantaban con un ánimo que solo podía provenir del Espíritu Santo: “¡Esta es la juventud del Papa!”. Nos ubicamos y esperamos su llegada. Lo vimos por las pantallas en la plaza Simón Bolívar, anhelantes de que llegara pronto junto a nosotros. Nos conmovimos con su discurso a los jóvenes: “No tengan vuelos rastreros, vuelen alto y sueñen grande”.

Y con el pasar del tiempo ni el hambre, ni la sed, ni el sol incandescente, ni la lluvia repentina pudieron apagar ese amor a Cristo que nos impulsaba con un mismo Espíritu a todos. Y permanecimos vigilantes hasta que llegó. Recorrió el parque y la gracia se sentía. Y nos acompañó durante la ceremonia. Su homilía hablaba del perdón y de la solidaridad, de echar mar a dentro y de no consentir que los intereses mezquinos florezcan en nuestros corazones, de permitir que el otro, que todos, quepamos en la barca. Sus palabras fueron: “hace falta llamarnos unos a otros, hacernos señas, como los pescadores, volver a considerarnos hermanos, compañeros de camino, socios de esta empresa común que es la patria”, o para nosotros, nuestra misma comunidad “Servidores del Servidor”. Ser llamados a seguir creyendo, a tener fe, a no permitir que las adversidades nos confundan, a llamar almas al servicio y recordar y reafirmar la fraternidad que quizá a veces descuidamos y olvidamos, porque todos somos importantes a los ojos de nuestro Padre Dios y todos estamos llamados a ocupar su barca con el mismo derecho por ser hijos de Dios, con el mismo carisma que se nos ha infundado en el servicio.

Terminada la eucaristía y recogidos con un mismo sentir, volvimos a levantar el estandarte de nuestra comunidad y nos encontramos. El último adiós antes de dirigirnos de peregrinaje nuevamente a nuestros hogares. Algunos bastante lejos fuera de la ciudad. Entonces reconocimos que era cierto. La venida del Papa, el compartir la comida, la bebida, el mismo servicio o el símbolo mismo de un estandarte eran excusas para encontrarnos, para reconocer a Cristo en el otro.
Decía el Papa en la plaza Simón Bolívar: “Ustedes tienen esa facilidad de encontrarse, ustedes pueden enseñar a los grandes que la cultura del encuentro no es pensar todos del mismo modo, es saber que más allá de nuestras diferencias, somos todos parte de algo grande que nos une y nos trasciende, somos parte de este maravilloso país. Ayúdenos a enseñar a los grandes a entrar en esta cultura del encuentro que ustedes practican tan bien”.

Y todo cobró sentido para nosotros cuando ese mismo viernes, después de tanta lucha y espera, la casa de la Torreta fue un hecho, una casa para jóvenes que invitan y convocan a todos, chicos y adultos, a la unión fraternal. Como dijo Adriana Hernández, nuestra coordinadora de Torreta, “la casa de la Torreta es un pretexto, una excusa para el encuentro” que se nos dio como un regalo enorme del Cielo luego de la visita del Papa Francisco para seguir construyendo la obra de Dios en la Tierra.

Nathalia Andrea Pinilla Ramírez

 

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